Serpientes de verano

Un estudio alemán afirma que aquellos hombres que miran cada día los senos de una mujer pueden tener una vida más larga en comparación con quienes no lo hacen. La investigación publicada en la revista New England Journal of Medicine asegura que basta con mirar diez minutos al día los pechos de una mujer para experimentar mejoras en su presión arterial y reducir el riesgo de contraer enfermedades coronarias. La gerontóloga Karen Weatherby respalda sus hallazgos en resultados de monitoreo llevados a cabo en 200 hombres de la tercera edad de tres hospitales distintos durante cinco años.

Otro estudio asegura que el consumo de aceite de oliva favorece a la pigmentación de la piel. Y uno más aconseja ser arrogante y patán porque el Mendoza College of Business de la Universidad de Notre Dame en estados Unidos ha descubierto que los arrogantes cobran hasta un 18,31% más. Y un artículo del New Scientist sugiere cambiar la bombilla de luz del cuarto porque la luz roja o naranja son las mejores aliadas del sueño.

A estos curiosos descubrimientos se les conoce como “serpientes de verano” porque son el resultado de investigaciones realizadas en los meses estivales, promovidas por empresas que buscan respaldo y ventajas para sus productos. Sin embargo, cabe distinguir entre las investigaciones inútiles y otras que, además de sacar una sonrisa, cuentan con fundamentos científicos sólidos.

Entre las del segundo grupo se escoge cada año el premio Ig Nobel, una gala organizada por Marc Abrahams, editor del “Anuario de las búsquedas improbables”. En 1999 el doctor len Fisher mereció este galardón por calcular la manera y la inclinación ideales para mojar un bizcocho en el té sin que se ablandara demasiado rápido y sin que una cucharita tuviese que rescatar sus restos del fondo de la taza. En la introducción al premio, Abrahams destacó que este estudio había contribuido a que la gente entendiera que la física está por todos lados.

Busque en Wikipedia Ig Nobel y podrá acceder a la lista de proyectos premiados desde 1991. En la edición de 2018 destacan:

Química: Paula Romão, Adília Alarcão y el difunto César Viana, por medir hasta qué grado la saliva humana es un buen agente limpiador de superficies

Medicina: Marc Mitchell y David Wartinger, por usar montañas rusas para intentar apresurar el paso de cálculos renales.

Antropología: Tomas Persson, Gabriela-Alina Sauciuc, y Elainie Madsen, por recolectar evidencia, en un zoológico, que los chimpancés imitan a los humanos aproximadamente tan frecuentemente, y tan precisamente, como los humanos imitan a los chimpancés

Educación médica: Akira Horiuchi, por el reporte médico “Colonoscopía en posición sedente: lecciones aprendidas de la auto-colonoscopía”.

Nutrición: James Cole, por calcular que la ingesta calórica de una dieta caníbal humana es significativamente menor que la ingesta calórica de otras dietas tradicionales con base en carne.

Psicología del carácter: Francisco Alonso, Cristina Esteban, Andrea Serge, Maria-Luisa Ballestar, Jaime Sanmartín, Constanza Calatayud, y Beatriz Alamar, por medir la frecuencia, motivación y efectos de gritar y maldecir mientras se maneja un automóvil.

Medicina reproductiva: John Barry, Bruce Blank, y Michel Boileau, por usar estampillas postales para probar si el órgano sexual masculino funciona adecuadamente—como se describe en su estudio “Nocturnal Penile Tumescence Monitoring With Stamps” [Monitoreo de Tumescencia peneal nocturna con estampillas].

Economía: Lindie Hanyu Liang, Douglas Brown, Huiwen Lian, Samuel Hanig, D. Lance Ferris, y Lisa Keeping, por investigar si es efectivo usar muñecos vudú para cobrárselas a los jefes abusivos.

Parecen broma, pero no lo son: alguien financió todo esto.

La risa y el humor han sido desde siempre eficientes recursos para llamar la atención. Por ello, la difusión de este tipo de hallazgos se ha hecho muy común. Sin embargo, la naturaleza de esas investigaciones, y el humor que sugieren, también ha llevado al despiste, incluso, a lectores despabilados. Ocurrió con una investigación supuestamente realizada por la agencia AptiQuant, cuyo titular era “Los usuarios de Internet Explorer tienen un coeficiente intelectual más bajo que los de los demás navegadores”. Hasta la BBC y la CNN se dejaron arrastrar por el huracán de tuits y acabaron rebotando la noticia. No hacía falta ser un genio científico para advertir el tufillo de estafa e interés en el falso estudio de AptiQuant.

Es cierto que a veces el sentido común no alcanza para dilucidar la cuestión, sobre todo cuanto más especializadas son las conclusiones, pero también ocurre que una cosa es lo que la ciencia concluye y otra distinta lo que la gente entiende o quiere creer acerca de lo que dice la ciencia.

En el caso de la investigación de la doctora Karen Weatherby y el estudio de los senos, la duda insiste en ceder a la certeza. ¿Alguien podría culpar a los de la tercera edad? Después de todo, la inmortalidad es el sueño de todos.

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