No ser el tonto, tampoco el muerto

Venimos pensando desde hace un tiempo el rol que debe cumplir el maestro en tiempos digitales, postulando el abandono de sus formas de prescriptor de consignas e instructor de gimnasias mecánico-relacionales, para convertirse en alguien que oscile entre el protagonismo y la referencia, capaz de crear los contextos y las proposiciones ideales para el desarrollo de sus estudiantes. Entonces, me pregunto si ya no teníamos eso y lo perdimos en alguna esquina del progreso.

Verbigracia. Mientras esperaba en el taller, pude observar cómo un viejo mecánico, de esos que detectan el malestar de las máquinas sólo aguzando el oído, le decía al novato que dejara el manual de lado porque los autos no se malogran según ciertas instrucciones, sino que padecen aleatoriamente el uso y desgaste que le imprimen sus conductores. Minutos más tarde, el muchacho sonreía al descubrir un atasco en la bobina. Otra escena. De madrugada, en una de esas sangucherías que sacian el hambre antes de ir a la cama, un ganador deslizaba la siguiente frase a alguien que parecía haber recibido una paliza en el casino: siempre hay un tonto que pierde; si después de quince minutos no has descubierto quién es, abandona, el tonto eres tú.

Podríamos remontarnos varios siglos y encontrar escenas como estas en poblados lejanos, donde un hombre cualquiera escuchaba a otro que había vivido, padecido y observado cosas distintas. No para calcar sus movimientos, sino para integrarlos al arsenal de sus posibilidades. Algunos le llaman doctrina de la experiencia, porque no es vertical ni instructiva, ni de copy/paste, sino que resulta propositiva y opera como un insumo que el sujeto, luego, trasformará, adaptará y forjará de acuerdo a sus propias experiencias. La lección del tahúr (que parece tomada del catecismo de Luky Luciano: “En cualquier negocio lo más importante es no ser el muerto”) y la del maestro mecánico, son síntesis de un saber particular surgido de sus propios dilemas, de sus propias necesidades, donde no caben fórmulas infalibles ni consignas incuestionables. Sus anécdotas dan cuenta del propio descubrimiento del mundo y de las cosas, no de un develamiento del saber al que asistieron en jornada matutina y de acuerdo a pautas curriculares.

En tiempos donde los ingenios digitales encandilan como las máquinas de Rube Goldberg, esos artificios mecánicos que mantienen subyugado al espectador hasta la última reacción en cadena, tal vez la función del maestro consista en subvertir la máquina, en proponer variaciones imposibles que cada cual deba plantear y superar; tal vez se trate de dejar entrar el mundo por todos esos dispositivos y pantallas y perderse en él sin respuestas ni ideas claras. Hay que recuperar el instinto. Se trata de conocerse de primera mano y aprender para qué somos buenos y no para qué deberíamos serlo. Porque las cosas se viven, se sienten y se saben para evitar los problemas y no para salir de ellos. Hay que dejar de lado las certezas. Hay que evitar ser el tonto y también el muerto.

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