Bob Esponja, el tsunami pop que no declina

Está de regreso con The SpongeBob Movie: Search for SquarePants y sigue funcionando como fenómeno intergeneracional: aunque digan que fueron a verla “por los chicos”.

Ese doble (o triple) público es, precisamente, el punto de partida de Jonah Lee Rice (2009) en su artículo para The Journal of Popular Culture: Bob Esponja es un producto diseñado (y afilado) para operar en dos niveles: como “caramelo para el cerebro” (humor físico, absurdo, ritmo ágil, gags visuales) y como lienzo expresivo donde se conjugan valores, conflictos blandos pero reconocibles, y una ética cotidiana empaquetada como chiste.

La nueva película es una demostración práctica de esta tesis: Bob Esponja está desesperado por ser un big guy, y sale a probar su valentía siguiendo al pirata conocido como El Holandés Errante. Una aventura para reír, sí; pero montada sobre una ansiedad universal (¿soy suficiente?, ¿me toman en serio?, ¿cómo demuestro que ya crecí?). La historia le habla a un niño que quiere reírse con un fantasma pirata y a un adulto que ha tenido que “ser grande” sin saber cómo se hace.

Hay otro componente que Rice subraya y que hoy se siente todavía más vigente: Bob Esponja no es el héroe cool, es el perdedor adorable. No gana por superioridad; gana por insistencia, ternura, torpeza optimista. Esa “retórica del loser” es una puerta de entrada enorme para obrar la empatía (y la risa), porque permite que el público se identifique sin que la historia se torne solemne. Al hacer énfasis en “probar que soy valiente”, la película no pretende cambiar la esencia del personaje, solo es un tipo en busca una validación. Es la comedia como experiencia catártica, es alivio, sanación, transformación.

En números, Bob Esponja no es poca cosa: abrió con US$15.6 millones en su primer fin de semana en Norteamérica (19–21 de diciembre de 2025). A la fecha, Box Office Mojo reporta un acumulado mundial alrededor de US$117 millones, con un reparto bastante parejo entre doméstico e internacional. The Numbers lo registra en torno a US$115 millones mundiales, según su propio corte de datos. No estamos delante de un titán tipo Disney, pero sí de una franquicia harto rentable, visible y, sobre todo, conversable.

Y aquí viene la tercera capa, que Rice alcanzó a rozar antes de que explotara la cultura meme como la conocemos: Bob Esponja no vive solo en la pantalla; vive en el lenguaje social. El marketing de esta película lo entendió bien: incluso una línea musical vinculada al big guy se volvió insumo memético en redes, con gente repitiéndola como si fuera un mantra absurdo. Esto no es un detalle de farándula: es circulación cultural. El personaje se presta para ser recortado, remezclado y reapropiado, justo porque su mundo ya es, de por sí, un generador de plantillas emocionales (vergüenza, entusiasmo, terquedad, amistad, caos).

Si se juntas todas estas piezas, la lectura de Rice queda casi redonda: el éxito no depende solo de la nostalgia ni de “contenido para niños”. Depende de una ingeniería tonal que mezcla absurdo, ternura, pequeñas moralejas y una identidad de personaje que se sostiene contra el cinismo. Esta última película no reinventa la pólvora; confirma que, cuando abres la puerta de Bikini Bottom, el público ingresa feliz… Nadie pregunta la edad, solo se ríen, y ya.

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