El último mes dejó una estela curiosa en las pantallas: jadeos, cuerpos desnudos y una sensación que no cuadra con tanto despliegue. La sensación de que hay sexo, sí, pero cada vez menos erotismo. Como si la ficción hubiera aprendido a mostrarlo todo… y, en el camino, se hubiera olvidado de hacerlo deseable, humano, reconocible. Esa grieta se vuelve visible cuando dos fenómenos recientes (la serie Heated Rivalry y la película Cumbres Borrascosas) encienden la conversación desde lugares muy distintos.
Heated Rivalry coloca el conflicto en un universo que, por definición, vende cuerpos: dos jugadores de hockey, deseo prohibido, tensión competitiva, y un paquete visual pensado para circular en clips y reacciones. El resultado, entusiasmo crítico y una conversación en redes sostenida por escenas acaloradas y por una masculinidad menos tóxica de lo habitual.
Cumbres Borrascosas, en cambio, entra por la puerta del prestigio: relectura de un clásico en clave high sex drive, con público en salas y una crítica profesional discutiendo el tono y el artificio de la propuesta.
Hasta aquí, todo podría quedarse en el típico debate de temporada (lo explícito, lo provocador, lo “subido de tono”). Pero el nudo interesante es otro: la representación del cuerpo está afectando la representación del deseo.
La crítica viene desde la verosimilitud: el comediante Jordan Firstman, refiriéndose a Heated Rivalry, ha cuestionado que así no es como los hombres gais tienen sexo y que hay pocos contenidos que lo retraten de verdad. La observación es casi técnica: no se trata de mostrar menos, sino de filmar mejor la experiencia, con sus texturas y torpezas. Y no es solo un asunto de guion o de dirección, es un asunto de cuerpos.
El psicólogo y sexólogo Adrián Chico postula para ICON una idea que ordena el panorama: la sobreestimulación digital (porno, redes) empuja a la ficción a competir por impacto visual. Por lo que cabría preguntarse si, pese a una buena trama, la serie tendría el mismo éxito si los protagonistas no tuvieran cuerpos hipermusculados, definidos, bajos en grasa y rasurados. Porque ahí asoma un atajo industrial: el erotismo como estética corporal.
En paralelo, Cumbres Borrascosas cumple otra función en el debate: recuerda que el artificio no depende del género ni del formato. Una adaptación libidinosa también puede parecerse a una vitrina con objetos de lujo que no valen nada. Cuando la perfección se vuelve un filtro, lo enfría todo.
Aquí conviene introducir un matiz para que el texto no se vuelva dogmático. Santiago Fouz Hernández (académico, especialista en masculinidades en pantalla) advierte en el mismo artículo de ICON que el “cuerpo perfecto” es subjetivo: hay tendencias dominantes, sí, pero gustos variados. Y esa advertencia puede salvarnos de caer en un canon único, repetido y pulido hasta el brillo que reduzca el rango de lo deseable y empobrezca la representación.
Por eso, paradójicamente, mientras más “bien hecha” está la coreografía, más fácil es que el espectador sienta que le están vendiendo una escena, no invitándolo a vivirla. Y cuando eso ocurre, se rompe el pacto: ya no se observa a dos personas; se mira una demostración.
El erotismo necesita vulnerabilidad y la vulnerabilidad no se puede renderizar.