The Mandalorian (o el encanto de las viejas historias)

Hasta antes de la compra de Disney, George Lucas se había encargado de insuflar nuevos aires a la saga a través de videojuegos, libros y cómics que hurgaban más allá del núcleo principal. Con aciertos y yerros, Star Wars era una entidad viva. Porque reincidir, volver al centro sin aportar nada nuevo, es como velar un cadáver. Y de alguna manera esa fue la sensación tras el Episodio IX: que nos tocaría coleccionar estampitas y reproducir leyendas para mantener vivo el mito, dado que el desmadre parecía irremediable. Hasta que aparecieron Mando y Grogu.

The Mandalorian es lo mejor que le ha pasado a la franquicia porque ha encontrado un camino más allá de la línea que establecen las películas. Pienso que sus aciertos son varios y que todos se resumen en haber rescatado el auténtico mood de este divertimento espacial. Porque eso es, un afinado juego de artificios que se ha sacudido los antihéroes para recuperar el mito esencial, ése que describen los grandes hombres en su paso por la vida. La historia del cazarrecompensas es una colección de aventuras que reivindica el heroísmo, que vuelve a conectar con esas hazañas elementales que se narraban alrededor del fuego. En este caso, a través de Mando y la auto imposición de velar por Grogu, una misión que otorga norte a su existencia y permite explorar la dinámica padre- hijo (tan Star Wars), esta vez desde el sacrificio que implica un vínculo tan sensible como indestructible.

The Mandalorian no exhibe afeites ni falsas pretensiones, desde el inicio abraza la diversión familiar y nos devuelve el paladeo agridulce que produce la tensión semanal hasta el próximo episodio. De hecho, ha sabido combinar de forma solvente la autoconclusividad con las migas de pan que construyen la trama de fondo, permitiendo el despliegue visual de escenarios y personajes diversos, tanto nuevos como viejos conocidos. Y probablemente aquí radique el mayor de sus méritos, porque le ha permitido construir apelaciones y atracciones que se fundan en lo dramático y redimen a la saga con su tradición y con el público más duro.

La aparición de Ashoka Tano, por ejemplo, no fue un guiño de fan service, fue una demostración de la capacidad que ha conquistado la serie para fluir con autonomía y establecer lazos intertextuales con otros relatos de la galaxia muy muy lejana. Porque Ashoka calza de manera natural con los acontecimientos que hilvana la historia de Mando: aporta información sobre Grogu (a.k.a. Baby Yoda) y precipita la historia para entusiasmo del espectador lego como del iniciado, que seguramente establecerá conexiones felices con The Clone Wars, la serie animada. En The Mandalorian, la narrativa Star Wars se siente viva otra vez, uno puede escuchar los engranajes aceitados haciendo su trabajo.

Si una saga debe seguir o no el itinerario de sus fans es una discusión estéril, porque los buenos relatos siempre siguen el camino que dicta su propia historia. “A writing should do what is best for the story”, recitan los viejos gurús. Y aunque parezca, no se trata de una condena, pues siempre se admiten variaciones y reformulaciones que corren por cuenta del escritor y su tiempo. De hecho, eso es lo que espera el público cuando se instala frente a una franquicia: le interesa la excepción, la pequeña ruptura, la conjugación diferente. No se trata de repetir ni inventar algo nuevo cada vez, sino de transformarlo, de torcerlo en función de las particularidades de cada relato. Después de todo, la originalidad y las diferencias se inscriben en una base común. La nobleza de una obra depende, como decía Yves Lavandier, tanto de lo que la distingue como de lo que la acerca a las demás. Y felizmente existen tipos, como David Filoni (productor de la serie y responsable también de las entregas animadas) que parecen tener claro que la única trinchera es la historia, que todo empieza y termina allí.

Así, la manera como se resuelven los acontecimientos del último episodio de la temporada 2, es resultado de un trabajo de guion. No ha sido una combinación nerviosa de situaciones forzadas para el fan service, se preparó un camino tanto para la revelación de rostro de Din Djarin, como para la sorpresa final desde el capítulo 6. Otra vez, una maquinaria que conversa con su tradición -el código mandaloriano, un viejo conocido como Boba Fett, el sable negro creado por Tarre Vizsla, etc.-, y planta los cimientos de lo que ha de venir. Se ha hablado mucho del requerimiento del actor Pedro Pascal de descubrir más su rostro en cámara, bueno, si al final ese develamiento ocurrió o no por presión del actor es lo de menos, pues ocurrió de manera consecuente al sembrar lo necesario como para que Mando rompiera el código que lo obliga a llevar el casco de Beskar. This is the way!

La aparición de Luke Skywalker blandiendo su láser verde -en una secuencia que rima con la de Darth Vader en Rogue One- ocurre en ese mismo doble diálogo. Verlo encapuchado y haciendo añicos a los Dark Troopers es el epítome de la épica espacial a la que Star Wars nos acostumbró, articulando con mucha emoción la amenaza de último minuto y la gesta justiciera para terminar con una de las secuencias más conmovedoras que se recuerden. El impacto reciente tal vez coloque este final como el mejor en muchísimos años, habrá que esperar a que macere, pues el final de Rebels no es uno que merezca ser olvidado tan pronto.

Se ha dicho de The Mandalorian que es un western, y si bien el tufillo es ineludible, creo que estamos más próximos a un spaghetti western que tributa a Clint Eastwood y Sergio Leone, desde Mando (convertido en el nuevo Jinete Pálido, con un pasado tácito, infalible con las armas, lacónico, de moral ambigua, pero que siempre obra para bien de acuerdo con sus propios códigos) hasta la serie de situaciones rocambolescas en las que se trenza la serie. Vale la pena darle una mirada a este compendio de referencias que atraviesan la serie de Mando y Grogu: https://filmschoolrejects.com/mandalorian-influences/

Ahora bien, no es una serie perfecta. Puede estar entre lo mejor del año, sin duda. Existen vacíos, cosas sin responder, algunas secuencias apresuradas, y por lo menos un deus ex machina y un capítulo de relleno, pero esto no solo es pan de cada día en una producción de esta naturaleza, sino que es propio de Star Wars. No lo señalo como un consuelo bobo o una justificación, sino como la confirmación de que estamos ante un divertimento para grandes y chicos que no puede despercudirse de los binarismos y de los resortes elementales que componen los cuentos de hadas y las historias de príncipes y dragones a las que está afiliada.

The Mandalorian es una de las cosas más bonitas que ha logrado la franquicia desde que Disney tomó la posta. Vistas ya con cierta distancia, lo de J.J. Abrams y Ryan Johnson con las películas de la última trilogía fue precipitado, producto de la urgencia por rentabilizar las billonarias compras de Lucasfilm y Fox. Pero no aporta demasiado culpar a las finanzas, porque la saga siempre ha fluido por esos cauces. Lo verdaderamente lamentable, como lo confirma hoy The Mandalorian, es haber acometido la empresa sin un plan y con una ingenuidad que nunca ponderó correctamente su fundamento como franquicia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s