La soledad de la reina

Intervención ofrecida en el marco del conversatorio The Queen’s gambit, análisis psicológico de un personaje. Organizado pro la facultad de Psicología de la Universidad de Lima. mayo 2021.

Buenos días… Me han pedido un acercamiento a la serie y a su protagonista desde la innovación narrativa, así que quizá deba empezar por ahí, diciendo que no se trata de una serie que llamaríamos innovadora, pero sí creo que estamos ante un ejemplo depurado de lo que es la narrativa serial televisiva de este tiempo.

Desde el año 1999, cuando se estrenó Los Soprano, las teleseries iniciaron una transformación – a nivel tecnológico, de público, de industria, de contexto social, etc- que resultó en lo que podríamos llamar un milagro porque por primera vez en la historia, tanto público como crítica, tanto la industria como el arte, estuvieron de acuerdo en qué era una buena historia, en qué tipo de historias valía la pena apostar y cómo debían narrarse.

El asunto es bastante más amplio, pero para efectos de lo que nos ocupa quiero referirme a dos cosas fundamentales: el viraje de objetivo a personaje y la ambición temática. Empezaré por esto último que puede resumirse básicamente en la madurez narrativa del medio, caracterizada hasta entonces por relatos donde se quebraba el status quo pero al final del episodio todo volvía a la normalidad y la felicidad del stablishment. A partir de Los Soprano, ese mundo ideal al que hacen alusión las teleseries no tiene más cabida e ingresa el lado oscuro, que en el cine ya campeaba desde hace años pero que cada vez encontraba menos lugar porque el negocio del cine enfocó sus ganancias en las películas juveniles, familiares y de amplio espectro. Esto responde al contexto, la política post 11 de setiembre, elecciones discutidas, burbuja inmobiliaria, en fin, es el triunfo de la sociedad cínica y las series se van a esmerar por reproducirla. Y por otro lado está el giro narrativo que invita a ocuparse de desarrollar una trama que ya no destaque los esfuerzos por alcanzar un objetivo, sino que enfoque en el trance de los personajes mientras avanzan hacia ese objetivo que muchas veces es una excusa o se diluye para dar paso a lo que llamamos un estudio de carácter o un estudio de personajes.

Gambito de dama, decía, es un ejemplo depurado especialmente en esos dos puntos al ocuparse de los distintos pliegues humanos de la protagonista en su travesía por ser la campeona mundial de ajedrez, y al poner en pantalla el lado oscuro de los orfanatos, del sistema de competencias y de cierta masculinidad que pese a ubicarse en los años 60 todavía salpica hasta nuestros días.

La miniserie -no es una serie, no tiene continuidad, es un relato cerrado- es la adaptación de un libro de 1983 escrito por Walter Tevis. Se cambió el título original a The Queen´s gambit y a nosotros llegó como Gambito de Dama porque eso de La reina del gambito corría el riesgo de entenderse muy mal en algunos países de Latinoamérica, pero en verdad es una elección curiosa y desafortunada, ¿no? porque hace una alusión más bien a las damas, ese premio consuelo de quienes nunca pudimos con el ajedrez.

Pero, en fin, el caso es que se trata de una producción que ingresó al catálogo de Netflix sin mayores luces y que cobró vida e importancia a partir de la conexión y el suceso con el público. A veces ocurre que Netflix lanza un producto como tantos de los que produce para un nicho específico, acaso poco determinante y de corto alcance, y por tanto no hace mayor gestión por publicitarla y, luego, boom, se convierte en un hit. En este caso, Gambito de dama funcionó de manera transversal a todos los públicos de su catálogo.

Me gusta ver esto como un dato no menor, porque evidencia que no hemos sido escaneados del todo por el algoritmo. Todavía podemos ser una sorpresa para él. Y me parece un dato importante porque aquello que ha obrado la conexión con el público no son las cuestiones objetivas, los fuegos artificiales de la tecnología o los efectos con la pantalla verde para la ambientación de época, sino las cuestiones subjetivas, la materia sensible, todo aquello que el algoritmo no puede rastrear y que, precisamente, construye nuestro vínculo emotivo con el personaje de Beth Harmond. Y eso es lo que diferencia a las buenas historias de las otras, que cuando nos referimos a ellas hablamos de emociones, de sentimientos, de cómo nos afectaron e impresionaron, y no de lo espectacular que fue tal secuencia donde chocaron tres helicópteros, por ejemplo.

Gambito de dama es la historia de Beth Harmon, una niña prodigio que asciende en el masculinísimo mundo del ajedrez durante la Guerra Fría. Beth quiere ser la mejor y vencer al campeón ruso, pero sufre de una intensa adicción que, junto con los problemas sin resolver de su pasado, amenazan con convertir su genio en una locura. Es una historia hilvanada con preciosismo técnico y estético, pero a la vez cincelada con rudeza en los puntos clave.

Porque pudo ser una historia de deportes, donde Beth Harmond fuera una especie de Rocky femenino que ascendiera, no a través del boxeo sino de su talento para el ajedrez, en un mundo plagado de hombres e injusticias de género, con un enfrentamiento final alentado con expectativa para que lo disfrutemos con la tensión y emoción propias de una final de la Champions… ‘¿Podrá vencer al ruso?’”… Pero no, el primer acierto está en haber hecho foco no en la competencia, sino en el alma de Beth. Y está visto que así no seamos estrellas del ajedrez, todos tenemos un alma qué enmendar. Los señores aquí podrán definir mejor que yo qué dolencias aquejan a esa alma, pero estamos ante la historia de una huérfana avasallada por la soledad del corredor de fondo y la obsesión por restituir los vacíos de su niñez.

Recordemos que apenas al llegar al orfanato, se le despoja de su historia. Ha perdido a su madre, le cortan el pelo, le dan un uniforme y queman la ropa que traía de su vida anterior, vaciándola de pasado. Es un ser quebrado… No en vano la primera mitad de la miniserie se dedica a mostrar cómo esas grietas se van llenando con otras expectativas: el ajedrez y la dosis de barbitúricos que le suministraban a los niños en los años 60 para tranquilizarlos. Es un alma que reclama su propia identidad. La Beth niña que vemos al inicio es conmovedora, por ejemplo, al entrar en tiendas o establecimientos gruñe, en lugar de saludar. Y del orfanato de Kentucky se va con dos importantes souvenirs, digamos: la confirmación de su talento innato para el ajedrez y una adicción de caballo a los sedantes.

Y todo esto es fundamental, porque la narrativa nos coloca muy eficientemente ante una circunstancia que atrapa, una cuya resolución vamos a querer ver en el último episodio, ganados por la curiosidad de saber cómo ese embrujo misterioso llamado ajedrez puede devolverle todo lo que la vida le negó hasta entonces… Porque en Gambito de dama, el ajedrez no es un juego, es la vía dolorosa de Beth por hallar un sistema de coordenadas propio. El tablero y las piezas son en realidad una cosmovisión que le permite organizar el mundo.

Así que el ajedrez como sentido de vida, el ajedrez como norte y ancla… Beth juega por ella, para ella, ganar es afianzarse, no hundirse. Fuera del tablero no hay nada para Beth. De ahí ese comportamiento autodestructivo cuando las cosas no van bien… Y, ¿cuándo las cosas no van bien?… Cuando no puede jugar. Allí los tranquilizantes y el alcohol son agentes de evasión. ¿Y a dónde va? Donde quiere estar, jugando, frente a un tablero y un rival. Porque allí ella controla su suerte y porque se sabe endemoniadamente buena.

Ni el sexo opuesto ni la conjunción carnal despiertan los mismos efectos. Sus relaciones interpersonales son puntuales, instrumentales, pragmáticas. Por eso ni Townes ni Benny reportan el afecto que ella quisiera, porque son otros dos tipos ganados por sus propias pasiones, en el caso del primero por su compañero homosexual y en el caso del segundo, también por el ajedrez. Incluso con el personaje de la madre adoptiva establece una relación de toma y daca: Tú me llevas y me dejas jugar ajedrez y yo hago que no te sientas sola y que disfrutes de cosas que en otras circunstancias no podrías. Salvo con Mr Sheibel y con Jolene, ante quienes puede mostrarse vacía y abrirse a las emociones que la conectan con los afectos de sus días previos al ajedrez.

Nunca vemos cómoda a Beth con otras personas. Salvo al final, donde el reconocimiento de los jugadores de la calle la rodea y ella no rehúye. Beth Harmon encuentra en la secuencia final -y esta es mi interpretación- su lugar en el mundo, donde puede ser ella siempre y todos los días, donde quizá los barbitúricos ya no le hagan falta nunca, porque está rodeada de ajedrez, de otros apasionados como ella, de otras soledades que encuentran refugio en un tablero y 32 trebejos. No en vano -y esto me parece un súper acierto- todos los jugadores son ancianos, veteranos, jubilados, retirados… tipos que al final de su periplo, como Beth después de ganar a Borgov, buscan un sentido, un norte un camino y ése no puede ser otro que la siguiente partida, porque allí las posibilidades son infinitas.

Muchas gracias.

¿Por qué son atractivas las personas con talento? ¿Qué ideas nos hacemos de ellas?

Porque son una manera de acercarse a los imposibles, de ir más allá de nuestras propias limitaciones, aquellas que muchas veces reconocemos y aborrecemos. Porque los virtuosos son siempre mayores y mejores. Los seres humanos estamos dotados de una imaginación y unos deseos que nos exigen vivir más y mejor o peor de lo que vivimos; en todo caso, de una manera distinta, más intensa, más temeraria, incluso más insana. Las historias nacieron para que esa imposibilidad fuera posible, para que gracias a la ficción viviéramos todo aquello que las limitaciones de la realidad no permiten.

¿Porque muchos se sienten motivados a practicar este juego después de ver la serie? 

Por el mismo motivo que jugamos a ser nuestro super héroe favorito y coleccionamos figuras de acción. Por la misma razón que en tiempos de mundial se juegan más pichangas que en otro momento. Por el mismo motivo que compramos la ropa de moda.  Porque las historias nos completan, porque a través de ellas podemos vivir vicariamente, gracias al hechizo del arte, en la pura ilusión. Y Gambito de dama, en ese sentido, acierta al apartarse del maniqueísmo, tan propio y repetido en las producciones actuales y sobre todo alrededor de la guerra fría. Aquí los rusos no son el cuco y al convertirlos sencillamente en adversarios, la serie gana en realismo y hace que el público pondere al personaje de Beth no como un super héroe ni un ser con cualidades excepcionales -aun cuando las tiene-, sino como a un igual, como a la buena vecina de la casa de al lado, que podría ser cualquiera de nosotros.

Si las historias funcionan es porque logramos conectar con ella, porque desarrollamos empatía por sus personajes, porque nos reconocemos en ellas, al menos en un aspecto chiquito, tal vez oculto o negado. Creo que aun rodeada de toda esa estética glamorosa, Beth no deja de ser un espejo de nosotros mismos y de este tiempo. Si nos atrevemos a sostener la mirada de Beth, probablemente la escuchemos susurrar “Sé que tú también estás solo”. Estamos solos, muchachos. O así nos sentimos. Y estamos en busca de algo que, como el ajedrez, nos complete y nos regale un poquito de sentido.

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