Los héroes imposibles de Julio Ramón Ribeyro (ii)

3. El descentramiento del valor: Una medalla para Virginia (1965)

Ribeyro escribe en Prosas apátridas:

“Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación” (Ribeyro:1975:31)

Para que aparezca el héroe, la sociedad ha de tener un grado de cohesión suficiente como para que existan valores reconocidos y comunes. Sin valores no hay héroe; y sin valores compartidos no puede existir un personaje que permita la ejemplificación. El héroe es siempre una propuesta, una encarnación de ideales. La condición de héroe, por tanto, proviene tanto de sus acciones como del valor que los demás le otorgan. Como sostiene Thomas Carlyle, la sociedad engendra héroes a su imagen y semejanza o, para ser más exactos, conforme a la imagen idealizada que tiene de sí misma. Por tanto, independientemente del grado de presencia real de las virtudes en una sociedad determinada, ésta debe tener un ideal, una meta hacia dónde dirigirse.

El punto es que al llegar a la crisis moderna, a este desborde de la modernidad, no existe más una instancia, metafísica o no, que articule lo social; tampoco en el hombre, ni dentro ni fuera de él, es decir, no es posible hallar un norte fijo, el paradigma se ha diluido y no hay dioses, ni apologías, ni pretextos ni coartadas que organicen el relato de la vida cotidiana. Fernando Bárcena en un artículo acerca del desencanto del mundo moderno, lo describe muy bien:

“Nadie pensará que el hombre pueda encontrar ayuda en un signo que le sea ofrecido en la tierra a manera de orientación: el hombre parece haber comprado la premisa de Sartre según la cual el hombre descifra el signo en función de su propio proyecto”

Entonces, sin a prioris que orienten su camino, el hombre debe inventarse. Para el existencialismo, y para Heidegger en cierta medida, el hombre no puede ser definido en términos de naturaleza, de esencia. Y si tiene una esencia, ésta es su existencia. “Existencia es el término para describir un ser que se transforma continuamente, que se autocrea sin cesar. El ser-en-el-mundo del hombre no es el de la realidad, sino el de la posibilidad” (Birnbaum:14). Estamos ante un ser que proyectándose en sus posibilidades da significado al mundo y proyecta el mundo como suyo.

Esto supone aceptar la pérdida de los fundamentos anteriores, por lo cual, la razón no encuentra un punto fijo donde anclar la reflexión. Milan Kundera en su Arte de la novela, tiene un párrafo elocuente:

“Cuando Dios abandonaba lentamente el lugar desde donde había dirigido el universo y su orden de valores, separando el bien del mal y dando un sentido a cada cosa, don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de reconocer el mundo. Este, en ausencia del Juez supremo, apareció de pronto en una dudosa ambigüedad; la única verdad divina se descompuso en cientos de verdades relativas que los hombres se repartieron”. (Kundera:117)

El valor moderno que se plantea como esencial desde Montesquieu es la tolerancia, y aunque parezca paradójico, es esta misma condición la base de la crisis subjetiva e intersubjetiva del sentido. Fruto de la modernización, de la aparición de un nuevo orden económico, y de una relativa estabilidad política, la religión, el depósito de sentido tradicional de occidente, se repliega y se convierte en una teoría más. La secularización crea al hombre moderno, que puede vivir sin la religión y, por extensión, sin un sistema de valores perdurable.

Entre las consecuencias de esto encontraremos la relativización total de los valores y de los esquemas de interpretación. A partir de esto, ninguna explicación del hombre o del mundo será más válida que otra.

“El conocimiento incuestionado y seguro ahora es un conjunto de opiniones conectadas libremente que ya no presentan un carácter apremiante. Las interpretaciones de la realidad se transforman en hipótesis. Las convicciones son una cuestión de gusto y los preceptos se vuelven sugerencias” (Berger y Luckmann, 1997:88).

De esta manera van a justificarse las interpretaciones y el caos necesitará estar en permanente movimiento para no agotarse, para no llegar al detenimiento, que es el vacío. Pero esto que podía turbar tremendamente a los primeros hombres modernos, a los héroes del sistema, parece no afligir más a los hijos de la crisis moderna, que tienen esta situación como moneda corriente. Revisemos, a modo de ejemplo,  el cuento Una medalla para Virginia.

La esposa del alcalde estuvo a punto de ahogarse y Virginia, una joven del pueblo de Paita, logró evitar la desgracia. Por eso es festejada y se realiza un convite en su honor. Sin embargo, la celebración no es feliz para Virginia, pues durante el ágape descubre que su acto heroico no ha sido tal, además de advertir que la atención que muchos le dedican no se debe necesariamente a su valentía, sino a otros valores que encuentra fuera de lugar.

El arrojo de Virginia para rescatar a la mujer, aún a cuenta de arriesgar su propia vida, resulta un acto cuyo valor se relativiza en tanto como lectores accedemos al punto de vista de los distintos personajes presentes en la fiesta. A través de las páginas del cuento descubrimos que el valor de las acciones no está necesariamente asociado a hechos cargados socialmente, por tradición o por convención, con signos positivos y de admiración. La validación y la lectura de los actos y del proceder parecen depender más de cada uno, antes que de una noción de conjunto. El valor, en un sentido moral o espiritual, no es uno solo y la gesta de Virginia no hace sino evidenciar esta situación.

Inicialmente, las pomposas palabras de agradecimiento del alcalde se encargan de legitimar e instalar a Virginia como heroína de esa ciudad provinciana y reducida, pero no por ello miope a las acciones dignas de ser resaltadas:

“-Paita ha sido testigo de un hecho excepcional– comenzó-. La señorita Virginia López, hija de una familia decente y esforzada de nuestra ciudad, dio muestras hace dos días de un coraje, de una valentía a toda prueba. Mi señora Rosina, que está tan agradecida como yo, estuvo a punto de perecer ahogada, víctima de un desdichado accidente. Si no hubiera sido por la actitud sacrificada de la señorita Virginia, ahora, en estos momentos, estaría llorando mi viudez. Yo, mi familia y todo los paiteños, manifestamos nuestra admiración y agradecemos a esta muchacha su gesto valeroso, que es un digno ejemplo para la juventud de nuestra ciudad. En mi calidad de alcalde de Paita y con la aprobación unánime del Concejo Municipal, he decidido otorgarle en esta ceremonia la Medalla al Mérito. Pequeña recompensa, sin duda, pero que tiene para el caso un valor simbólico. Señores, les ruego dejar acercarse a la señorita Virginia, nuestra heroína regional” (Ribeyro:218. El subrayado es nuestro)

Virginia reúne todas las virtudes apreciables de un héroe modelo. Ha realizado un hecho excepcional, tiene una valentía a toda prueba; es objeto de admiración y agradecimiento, al punto que el Concejo Municipal de forma unánime la recompensa, lo cual destaca que no se trata sólo de un agradecimiento individual por parte del alcalde, sino de un acto de reconocimiento popular; y se ha constituido, en fin, como ejemplo para la juventud, como estela de referencia para el futuro en el ámbito regional.

El perfil de Virginia, al mismo tiempo, ha quedado idealizado, la semblanza pronunciada por el alcalde habrá de sustituir e imponerse a cualquier otra que no le haga justicia, pues así como ocurre con algunos héroes civiles de los que la historia oficial sólo toma las aristas positivas para potenciarlas, el alcalde ha borrado los detalles negativos y la ha sacado del ámbito de las habladurías al declararla “hija de una familia decente y esforzada”.

“-¿Y a qué se dedica el viejo Max, ahora?

-Yo lo veo mucho por los bares. Parece que es imbatible jugando billar.

-¿Y siempre viven en esa casona del muelle que está a punto de venirse abajo? (…)

-¿Es verdad que al viejo Max lo mantiene su mujer?

-Lo que lo mantiene es la cerveza.

-Bajar la voz, que allí están” (Ribeyro:215-216)

Si antes era poco más que una chusma a la vista de muchos notables de la ciudad, hija de un beodo incorregible y haragán, ahora es una estrella que brilla con luz propia.[1]

Hasta aquí la gesta de Virginia y su valoración parecen articuladas alrededor de un núcleo común y socialmente aceptado a través de la convención. Sin embargo, veremos que este sólido monolito es en realidad una piedra pómez:

a) Virginia no ha recibido una medalla, Virginia es una medalla. Ya en la playa, cuando sacaba a la señora Rosina a la orilla y se acercaron dos hombres a ayudarla, uno había tratado de socorrerla “con un socorro que ella no había pedido” y hubo de protestar para que la dejaran en paz y pudiera vestirse, pues “estaba casi desnuda, con sólo su calzón calado al cuerpo y el sostén a punto de desprenderse”. Ahora, en la fiesta, la situación volvía a repetirse con los muchachos, “aparentemente distraídos pero en realidad alertas, vigilando de soslayo a las muchachas”.

“Virginia trató inútilmente de zafarse del baile. Los jóvenes paiteños le hacían descaradamente la corte. Todos, sin excepción, al bailar con ella, le pedían que les relatara cómo había salvado a doña Rosina y terminaban diciéndole que querían también ahogarse solo para estar en sus brazos” (Ribeyro:217)

Virginia resiente estos dislates, es dueña de un pudor contrario a ese tipo de manifestaciones, sin embargo los soporta con estoicismo en aras de no comprometer la reunión que se ha montado en su honor. Por otro lado, su padre ha empezado a abusar de las copas y sólo ella parece constituirse en el vehículo que le haga valer el respeto.

b) Doña Rosina no ha vuelto a nacer con su rescate, ha sido condenada definitivamente a la vejez. En un momento de la fiesta, el alcalde y Virginia bailan una pieza. La secuencia ilustra la nueva ubicación que corresponderá a partir de ese momento a doña Rosina y sus apagadas bondades, no sólo en relación a su marido, sino también con los demás asistentes.

“Se dejó llevar casi en vilo por esos brazos vigorosos, que la atenazaban hasta hacerle daño y llevaban inflexiblemente el compás. Pronto sintió que aplaudían y se dio cuenta de que todos habían formado una ronda y los miraban, sonrientes. Las únicas serias eran las hijas del alcalde: cogidas del brazo, cuchicheaban, mirándole el vestido blanco. Y la señora Rosina, que había aparecido por una puerta interior, un poco asombrada, llevando un maquillaje excesivo que, en lugar de restaurar sus rasgos, parecía subrayar su deterioro” (Ribeyro:217)

La figura de Virginia opaca a la anfitriona de la fiesta. Ambas configuran una tensión entre el vigor y el decaimiento, la vitalidad de un cuerpo fresco y joven contra las injurias de un cuerpo cansado y débil; la belleza radiante y la decrepitud obvia. La veterana fidelidad y la núbil travesura.

c) Virginia no es una heroína integrada, aglutinadora, es una marginal. Sea por su familia, o por las pasiones y envidias que despierta su nuevo estatus, Virginia no consigue la movilización que un rito de esta naturaleza depara. Si bien es cierto que ella no se lo ha propuesto y que desde el inicio se muestra reticente con el grupo de gente que la agasaja, la misma convención que la ha encumbrado debería operar sus efectos para rodearla, asimilarla e ‘integrarla al curso de su historia’.

“Junto al bar se agolparon los bebedores, que habían acaparado al viejo Max y le pedían por décima vez que contara su apuesta con Fabián y su caída de la baranda del malecón. (…) Las señoras –olvidando a la madre de Virginia en su silla- emigraron al comedor en compañía del párroco, tal vez para gustar un caldo reservado a los devotos. (…) Virginia se dio cuenta, de pronto, de que estaba sola en medio de esa fiesta dada en su honor, sola entre sirvientes que bostezaban y muchachos que, al comienzo tan galantes, erraban ahora, borrachos, por el salón, abrazados, desmemoriados, entonando canciones estridentes” (Ribeyro:219)

Las miradas se enfocan y desenfocan. Los valores se otorgan y se ignoran. Las relaciones se componen y descomponen. Virginia le ha arrebatado una presa segura a la muerte, pero no ha podido arrebatarle a Paita sus prejuicios, sus diferencias de clase, sus pequeños ascos, sus cotas cerradas, sus vulgares modos de etiqueta, sus asepsias pestilentes.

Este rechazo de lo simbólico, este discurso que tanto encumbra como rebaja, es recurrente en los relatos de La Palabra del Mudo, como si Ribeyro denunciara, a la manera de Sloterdijk, que lo social solo puede sostenerse a partir del cinismo, del simulacro. “El cinismo es la falsa conciencia ilustrada, la conciencia infeliz que se sabe perdedora, pero no da su brazo a torcer y la emprende contra lo simbólico, reformulando su estatuto” (Sloterdijk:137). Para Sloterdijk, el sujeto cínico es absolutamente consciente de esta realidad y sabe cómo y cuándo usar la máscara.

Pero lo más importante que ha obrado el heroísmo de Virginia ocurre en relación al alcalde, que en un inicio sólo la observaba insistentemente, como queriendo desentrañar algún misterio, para luego revelarse.

d) Virginia no ha evitado un dolor al alcalde, ha prolongado su suplicio. El alcalde, pese a haberse mostrado apesadumbrado por tan peligrosa y desdichada situación, acaba confesándole a Virginia que es infeliz con su esposa y que hubiera preferido verla muerta.

-Durante el baile la miraba y me decía: cómo ha crecido la hija de Max, yo que la he visto desde niña, siempre sola, correteando por el puerto, como si no quisiera estar en su casa, y de pronto verla crecida, llena de juventud, de fuerza. Sí, eso me decía y me pregunté: ¿por qué tenía que estar ayer en el muelle? ¿por qué tenía que estar justo en ese lugar?

-Si no hubiera estado, su mujer se habría ahogado.

-Precisamente –dijo el alcalde-. Se hubiera ahogado. ¿Y qué?

Virginia no supo qué responder.

-Se hubiera ido al fondo del mar, como una lancha en picada, y este señor sería ahora un hombre feliz. Pero, ¿por qué me mira así? Claro, usted no sabe lo que es vivir veinte años al lado de una persona a la que no… Bueno, la quise al comienzo, es verdad, pero se marchitó tan rápido, se volvió fea, egoísta, vulgar… (Ribeyro: 221)

Hacia el final del cuento Virginia no es la misma, el valor de su gesta se ha tornado vaporoso. Resulta difícil decidir quién es ahora Virginia, difícil saber si para el pueblo realmente significará algo después de la fiesta. Si para los demás Virginia no es una sino muchas, y si no vale por un mérito sino por varios particulares, ¿quién es Virginia para sí misma? A la luz de los acontecimientos, la vida y la muerte, entendidas desde siempre como compartimientos estancos, se han relativizado; morir puede significar algo grandioso y vivir un penoso trajín, la muerte puede hacer feliz y la vida puede resultar tan pero tan miserable.

El cuento expone, además, un juego de miradas que resulta significativo, pues el Otro es un ser que existe de acuerdo a las múltiples articulaciones posibles. Los ideales colectivos ya no organizan la vida del sujeto, es una época errante, del escepticismo y la incredulidad, en la que el Otro es tan sólo un semblante. Como afirma Lipovetsky en La era del vacío, estamos ante el ‘descompromiso emocional’[2].

La incredulidad de Ribeyro evade las categorías universales hasta convertirse en otro ejemplo de lo que Lyotard llama la caída del Gran Relato, -entiéndase la superestructura social moderna- a cambio de Pequeños Relatos que ponen en tela de juicio al sujeto. Si el Gran Relato requería de un gran narrador, es decir, de un organizador troncal capaz de comprender, corregir y dominar el universo, los narradores de los Pequeños Relatos son tantos como las versiones posibles.

Una medalla para Virginia nos presenta al hombre moderno situado sobre nudos de circuitos de comunicación. No se trata de sujetos constituidos por un sólido relato que les otorgue integridad o estabilidad dentro de su espacio local, sino de personas que se deslizan sobre un entramado confuso de múltiples pulsiones distintas y a menudo contradictorias. La sociedad contemporánea, con su profusión de lenguajes y dialectos, acentuaría esta fragmentación del sujeto.

Para Ribeyro, como para Jameson, esta crisis moderna estaría marcada por la esquizofrenia, un concepto prestado de la psicología clínica que describe la suspensión de los contratos y a partir del cual viviríamos un aparente caos de significantes, que se nos ofrecen aislados o descontextualizados, aglutinados pero sin aparente concierto. Y Ribeyro se pregunta: “¿Quién nos corrió la alfombra?”

4. El escepticismo tragicómico

Toda esta atmósfera enrarecida en la que se mueve el sujeto, como señala Higgins, no convierte a los personajes de Ribeyro en antihéroes angustiados o en franca desesperación. Por el contrario, parecen aceptar su destino “con la convicción de que la vida no necesita tener un sentido para merecer ser vivida, ya que el hombre puede llegar a un modus vivendi con su mundo sin encontrar sentido en él” (Higgins:162)

Y es que la cultura popular gestada después de la Segunda Guerra parece adscribirse a cierto escepticismo festivo, ligero, en la línea de la ataraxia, y que podríamos explicar a partir del proverbio que reza “El hombre piensa, Dios ríe”. La vertiente heroica diría que Dios ríe complacido al ver su obra en actividad. La antiheroica, en cambio, entendería al hombre descocándose por dar con la verdad, mientras Dios ríe porque sabe que la verdad no existe[3].

La risa escéptica, tuvo su edad de oro en los primeros años del Renacimiento. Rabelais escribía: “Más vale de risas y no de lágrimas que escriba por que es la risa lo típico del hombre”. (Bajtín:32) El arte asumió en esa época el escepticismo festivo y en este sentido Mijail Bajtin dice de los tiempos de Rabelais:

“Los problemas arduos y temibles, serios e importantes son transferidos al plano alegre y ligero de los tonos menores. Tiene un desenlace que produce alegría y alivio (…) No se trata evidentemente de afirmaciones filosóficas, sino de la dirección tomada por el pensamiento artístico e ideológico, que trata de comprender el mundo desde un punto de vista nuevo, abandonándolo no como un misterio sombrío, sino como un alegre drama satírico”. (Bajtín:148)

El escenario descrito por Bajtín se ajusta a estos tiempos de crisis. La fe en la razón y en la verdad, en la idea de progreso, en la libertad, en el desarrollo de la ciencia y su promesa de una vida mejor para todos, se estrelló contra la mismísima modernidad y la reacción trajo consigo un desencanto que en gran medida es un miedo a ver algo que no queremos ver.

“Nos negamos a pensar que el terror impere bajo el mando del criterio de eficiencia, nos negamos a aceptar la imposibilidad, por lo menos inmediata, de los grandes proyectos emancipadores fundados en los metarrelatos, y atribuimos estas descripciones a las mentes catastrofistas de quienes las exponen (…) Por eso el pensamiento actual es el pensamiento de la sospecha, legado de Nietzsche; reacciona frente a los más fuertes postulados de la modernidad y florece así marcado por una clase peculiar de escepticismo, casi siempre pesimista, pero nada solemne”. (Angulo:33)

En Ribeyro, este escepticismo ligero y feliz se torna tragicómico y atraviesa casi toda su producción, pero se hace especialmente evidente en un grupo de narraciones vinculadas a lo fantástico, donde “la vida rebasa la filosofía que los hombres han creado para explicarla y (donde), en última instancia, el mundo se resiste a ser comprendido” (Higgins:153), y en aquellos más intimistas que tiene como eje central la reflexión y los temas más profundos de la vida. De hecho, el propio Ribeyro se define así:

“Yo no me considero realmente un pesimista, sino como un escéptico optimista. Lo que puede parecer contradictorio. Esta especie, más numerosa de lo que se cree, conserva cierta esperanza secreta de que las cosas tal vez se arreglen” (Ribeyro:1976:149)

Continuará… Lee aquí la tercera parte.

[1] El alcalde ha llevado a cabo lo que Carlyle denomina “una especie de limpieza de sangre”, es decir, “se ha eximido al héroe de los delitos que pudiera haber cometido en su vida pasada o mundana, se ha pulido la cuna innoble de la que pudiera haber surgido y se lo ha hecho descendiente de algún rey antes de colocarlo en el altar de adoración de todos los paganos entre los que antes era un igual” (Carlyle:74)

[2] “Ante la crisis moderna, las instituciones, valores y finalidades se vacían en su contenido y sustancia, provocando una deserción de masas que transforma el cuerpo social en cuerpo exangüe, en organismo abandonado (…) Desconectando los deseos de dispositivos colectivos el sistema invita al descanso, al descompromiso emocional social y al encierro en las individualidades. Aquí, las interacciones de grupo son reducidas en su carácter social – global y empieza la proliferación de grupos de intereses particulares, especie de fraternidades identitarias y grupos selectos que rechazan a quienes no hacen parte de él, aumentando las fragmentaciones y divisiones internas de la sociedad” (Lipovetsky:53-55).

[3] Milan Kundera utiliza este proverbio para explicar las pulsiones que atraviesan el arte de la novela: “¿Por qué ríe Dios al observar al hombre que piensa? Porque el hombre piensa y la verdad se le escapa. Porque cuanto más piensan los hombres más lejano está el pensamiento de uno del pensamiento de otros. Y finalmente, porque el hombre nunca es lo que cree ser”. El arte de la novela. Barcelona. Tusquets, 1994. Pág. 178.

Publicado originalmente en Revista Lienzo #30. Universidad de Lima, 2009.

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